viernes, 17 de junio de 2011

"¿Qué es la guerra de baja intensidad? " Francisco Pineda.

Una noción clave de la actual estrategia militar de Estados
Unidos, para combatir las revoluciones, movimientos de liberación o
cualquier conflicto que amenace sus intereses. Sus objetivos principales
son: 


  1. Contrainsurgencia: derrotar movimientos de rebelión popular.
  2. Reversión: derrocar gobiernos revolucionarios o los que no se
    ajustan plenamente a los intereses estadounidenses.
  3. Prevención: ayudar a gobiernos aliados de Estados Unidos a
    evitar su desestabilización.



  • La victoria que persigue la estrategia de guerra de baja
    intensidad no es sólo militar. Busca una victoria más completa, efectiva
    para un largo plazo, mediante el aniquilamiento de la fuerza política y
    moral de la insurgencia.
  • El principal teatro de operaciones de la guerra de baja
    intensidad son los países del llamado Tercer Mundo. La guerra de baja
    intensidad significa la intervención estadounidense en los asuntos internos
    de otros países. Sin embargo, los militares consideran que ésta también
    puede ser necesaria para reprimir conflictos internos, dentro de países
    como Estados Unidos.
  • La idea de baja intensidad alude el uso limitado de la fuerza
    para someter al adversario. Puede transformarse en una guerra de mediana
    intensidad, en la que se emplearán mayores recursos. El escalón más alto de
    conflicto para los militares estadounidenses es la guerra de alta
    intensidad, una guerra abierta contra otra potencia que cuenta con
    capacidad para el ataque nuclear.
  • Las formas de la guerra de baja intensidad son muchas. Se
    asocian con situaciones de inestabilidad, contención agresiva, paz armada,
    conflictos militares cortos, antiterrorismo, antisubversión, conflictos
    internos, guerra de guerrillas, insurrecciones, guerras civiles, guerra
    irregular o no convencional, guerra encubierta, guerra psicológica,
    operaciones paramilitares, operaciones especiales, invasión, etcétera.
  • La guerra de baja intensidad termina, según la definición de los
    militares estadounidenses, cuando se requiere el uso de una fuerza mayor.
    Se pasa al siguiente escalón de intensidad al producirse la declaración
    formal de guerra entre dos naciones y/o cuando se emplean masivamente
    fuerzas de intervención militar convencionales. Éste fue el caso de la
    intervención militar estadounidense en Irak, al transformarse la operación
    Escudo del Desierto en Tormenta del Desierto. En El Salvador o Nicaragua,
    por ejemplo, no ha finalizado la guerra de baja intensidad pues ha quedado
    latente la posibilidad de la insurgencia. Es por ello que los
    estadounidenses prefieren hablar de Low Intensity Conflict, un concepto que
    no es eufemista, sino que les permite abordar los problemas de la
    insurgencia en una dimensión más amplia, y no sólo militar. Esta definición
    es paralela a la adopción del concepto iniciativa, que es más amplio que el
    de ofensiva militar.
  • Las tropas destinadas a la guerra de baja intensidad se agrupan
    en una trilogía: las fuerzas para operaciones especiales, las fuerzas para
    asuntos civiles y las fuerzas para operaciones psicológicas. Una fuerza
    especial dotada de doce efectivos, por ejemplo, constituye una unidad
    flexible que puede incluir personal de asuntos civiles o de operaciones
    psicológicas y tiene alta capacidad de despliegue. "Las fuerzas de
    operaciones especiales tienen experiencia para mantener un dispositivo no
    muy visible. Es normal que las FOES entren a un país, completen su misión
    de apoyo a la nación anfitriona y luego salgan sin que su presencia haya
    sido mencionada en los medios de prensa de ese país. Según Locher, estos
    soldados, marinos e integrantes de dotaciones aéreas se han desempeñado
    activa, efectiva y silenciosamente en el mundo por décadas."1
  • En general, un plan de contrainsurgencia tiene tres fases. "La
    primera estabiliza la situación militar y política. La segunda, que es la
    más larga, emplea la presión sostenida y gradualmente intensificada en los
    ámbitos militar, psicológico y político, para impulsar a los insurrectos a
    las negociaciones. La tercera utiliza la ofensiva política, psicológica y
    militar para llevar a efecto las negociaciones."2






¿Por qué aparece la idea de la guerra de baja intensidad?

En la década del setenta, la victoria heroica del pueblo de Vietnam sobre
la intervención masiva de las fuerzas militares de Estados Unidos fue
seguida por el triunfo popular en diversos países durante casi seis años:
Laos, Camboya, Mozambique, Angola, Etiopía, Yemen del Sur, Granada y
Nicaragua.

La reacción de los dirigentes políticos, económicos y militares de Estados
Unidos se produjo en 1981, cuando llegó Reagan a la presidencia de ese
país. Se consideró entonces que la preocupación principal debería centrarse
en lo que ocurría en el Tercer Mundo.

En Asia, África, Medio Oriente y América Latina viven dos tercios de la
población mundial y allí se encuentran recursos naturales estratégicos.
Durante 1983, el comercio de Estados Unidos con los países del Tercer Mundo
llegaba a 175 000 millones de dólares, una cifra casi igual a su comercio
con Europa y Japón, juntos.

En esa época decía Richard Nixon, expresidente estadounidense, que la mayor
amenaza para los intereses de Estados Unidos no era ya la Unión Soviética o
China, sino el levantamiento en los países pobres del Tercer Mundo. Y esto
era así, según Nixon, porque "el mayor acontecimiento geopolítico desde la
segunda guerra mundial es la pérdida de la batalla ideológica por los
comunistas", en Europa del Este. Además, en ese momento era evidente que
una guerra nuclear resultaba inconveniente para cualquier potencia.

Desde la segunda guerra mundial hasta finales de los años setenta, en el
Tercer Mundo se produjeron ciento veinte guerras, con un saldo de más de 10
millones de muertos. Nixon observaba que nunca en la historia había
existido un conflicto de tan grandes proporciones y tan extenso como la
guerra del Tercer Mundo.3 

Más recientemente se ha calculado que, sólo en el año de 1988, hubo 111
conflictos étnicos armados, de los cuales 36 fueron guerras en que se
exigía autonomía o secesión. Cada diez años, desde el fin de la segunda
guerra mundial, han muerto entre 1.6 y 3.9 millones de civiles no armados
en las guerras del Tercer Mundo.4 

Nixon y muchos generales estadounidenses consideraron, desde el principio
de la década de los 80, que la guerra en los países más pobres del mundo
era el desafío mayor, y que Estados Unidos y sus aliados no podrían vencer
si empleaban las formas tradicionales de hacer la guerra. Consideraron que
la superioridad de las fuerzas convencionales nada puede conseguir en
contra de fuerzas no convencionales. Desde entonces, ellos se propusieron
hacer un cambio global en su estrategia militar contrarrevolucionaria bajo
el lema "No más Vietnams".

El primer paso de los estrategas estadounidenses después de Vietnam fue
evaluar los errores cometidos en la conducción política y diplomática de la
guerra, en la coordinación de las instancias que tomaron las decisiones, en
el aprovechamiento de la información de inteligencia y en el tratamiento de
los medios de comunicación.

El segundo fue hacer todo lo posible para recuperar la iniciativa e impedir
a toda costa nuevas victorias de los pueblos oprimidos en el Tercer Mundo.
En esta línea, lo fundamental no era decidirse por la intervención o no
intervención, sino intervenir victoriosamente. Y una de las condiciones
para lograrlo consistía en estudiar qué tipo de conflicto tenían enfrente.
Una forma de distinguir los conflictos es observar si se trata de guerras
regulares o irregulares. Pero luego de la derrota estadounidense en Vietnam
se concluyó que, además de la forma, era necesario calcular la intensidad.

En la perspectiva militar desarrollada en Estados Unidos, a determinada
intensidad de la guerra corresponde una aplicación de la fuerza de
intervención. Esta observación permitió que los militares estadounidenses
precisaran que siendo las guerras de baja intensidad las más frecuentes en
el Tercer Mundo, Estados Unidos debería de contar con fuerzas entrenadas,
armadas, organizadas y dirigidas especialmente para esos conflictos, contra
esos adversarios, en ese terreno y ante el tipo de características
particulares que presenta la guerra en el Tercer Mundo. Desde la década de
los ochenta, bajo esa perspectiva estratégica (la derrota ideológica de los
países socialistas y la importancia de los conflictos en el Tercer Mundo),
Estados Unidos ha realizado una gran transformación de sus fuerzas
militares. Ha modificado sus leyes, su doctrina militar, la estructura y
jerarquía de sus fuerzas armadas, las relaciones con los medios de
comunicación, los procedimientos para operaciones especiales y la
tecnología militar buscando mejorar cuatro aspectos básicos: Comando,
Control, Comunicaciones e Inteligencia, lo que abrevian como C3I.

En general, estas rectificaciones de doctrina -sobre todo la prioridad
otorgada a los objetivos y las guerras de carácter limitado, de la economía
de la fuerza y la redefinición de la ofensiva en términos de iniciativa-
son sólo revaloraciones de ciertos principios que tienen el propósito de
reducir el número de las bajas militares, es decir, principios de una
doctrina militar de naturaleza defensiva. La raíz de esa valoración está en
la gran cantidad de soldados estadounidenses heridos, muertos, prisioneros
o desaparecidos en Vietnam. Ellos fueron la causa central por la que muchos
ciudadanos retiraron su apoyo a la guerra y creció un fuerte movimiento por
la paz en Estados Unidos. Éste fue uno de los elementos políticos más
importantes de la derrota en Vietnam que los militares estadounidenses
tomaron en cuenta para la elaboración de la nueva estrategia.



Principales aspectos de esta doctrina 


  • Establecer con toda claridad un objetivo de la guerra, decisivo
    y alcanzable. Si el objetivo es limitado, también la naturaleza de la
    guerra es limitada. La doctrina militar estadounidense confiere especial
    importancia a las guerras limitadas, considerando que el mundo ha
    presenciado ya la última guerra convencional entre grandes potencias (la
    segunda guerra mundial) y que a largo plazo la hegemonía se decidirá en
    guerras no-convencionales y limitadas.
  • En todos los casos, indican los generales estadounidenses, se
    persiguen objetivos globales, es decir políticos, económicos y
    psicológicos, además de militares. La doctrina militar yanqui resalta la
    importancia de atacar las líneas logísticas de los rebeldes. "El mejor modo
    de poner freno y, con el tiempo, detener la locomotora que impulsa la
    ofensiva revolucionaria en la guerra del Tercer Mundo es privarla de
    combustible", dijo Nixon.
  • Aplicar decididamente el principio de ofensiva, mediante
    iniciativas que obliguen al enemigo a reaccionar, más que a actuar según
    sus propios planes. El requisito es apoderarse de la iniciativa, retenerla
    y explotarla. La naturaleza ofensiva de la nueva doctrina supone desechar
    el gradualismo ya que, según un militar estadounidense de alto rango, la
    experiencia en Vietnam "representó un esfuerzo desafortunado por combinar
    el arte militar y la diplomacia".
  • Concentrar el poder de combate en el lugar y el momento
    decisivos a fin de obtener también resultados decisivos; sobre todo allí
    donde los intereses vitales de Estados Unidos son amenazados: Europa,
    Japón, el Golfo Pérsico y "nuestros más próximos vecinos del sur". Allí
    deberán correrse los riesgos necesarios, sin ninguna duda, aun si no es
    clara la posibilidad de victoria, señaló Nixon.



Debido al fracaso, en 1979, de la operación Desierto Uno, en la que fuerzas
especiales trataron de rescatar a los rehenes estadounidenses en Irán, bajo
el gobierno de Reagan se inició una reestructuración en las fuerzas de
intervención yanqui, cuyos aspectos principales son: 

· Unificación de mando: en 1984, se forma la Junta de Jefes de
Estado Mayor, que controla la Fuerza Delta, el equipo 6 Seal de la Armada y
partes de los grupos 16 y 23 de la Fuerza Aérea.

· En 1987, se unifican por primera vez todas las bases
continentales de fuerzas especiales, bajo un mando único, el Comando de
Operaciones Especiales de Estados Unidos (USSOCOM), con sede en la Base de
la Fuerza Aérea de MacDill, Florida. Controla 46.000 efectivos de las
fuerzas de operaciones especiales.

· Mientras el resto de las fuerzas militares se reducen a partir
del fin de la Guerra Fría, las fuerzas de operaciones especiales aumentan
de manera sostenida. De este modo, los comandos de operaciones especiales y
de guerra de baja intensidad ocupan actualmente una jerarquía semejante a
la del ejército, la marina y la fuerza aérea dentro de la estructura del
ministerio de la guerra estadounidense.

· Para trabajo político en el Congreso y la Casa Blanca se crearon
el Grupo Asesor en Política de Operaciones Especiales y la Oficina de
Asistentes del Secretario de la Defensa para Operaciones Especiales,
encargados de la formulación de políticas, supervisión de presupuestos y
relaciones con otras instancias del gobierno estadounidense. 

· Armamento y equipo: los nuevos comandos unificados están dotados
de la tecnología más avanzada. Debido a ello, su presupuesto pasó de 500
millones de dólares en 1981 a 3500 millones de dólares en 1990. 

· Entrenamiento: los principales lugares de entrenamiento se
establecieron en el Centro para la Guerra Especial "John F. Kennedy", en
Fort Bragg; el Centro para la Guerra Especial Naval en Coronado, y la
Escuela para Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea en Campo Hurlburt.
Algunos analistas militares consideran que el castellano va a convertirse
en la segunda lengua de las fuerzas de operaciones especiales, debido a los
conflictos que anticipan en América Latina. 

· Modificaciones legales: en 1986, el Congreso emite una enmienda
para el uso de las fuerzas de operaciones especiales. Establece normas para
realizar las acciones directas, reconocimiento estratégico, guerra no
convencional, defensa "interna" en el extranjero, asuntos civiles,
operaciones psicológicas, asistencia humanitaria, búsqueda, rescate y
antiterrorismo. 

· Inteligencia: a mediados de los ochenta la CIA reportó una
cobertura mundial y destacó el incremento del número de agentes en los
países del Tercer Mundo. Los servicios de inteligencia del ejército, a su
vez, aumentaron su capacidad de inteligencia humana (HUMINT) y crearon una
Agencia de Respaldo para Inteligencia (A); ésta opera como una rama de la
Agencia de Inteligencia de Defensa, pero el Pentágono no reconoce aún su
existencia. 

· Cambio de procedimientos: Debido a una evaluación crítica de
experiencias frustradas -como la invasión de Cuba en Bahía de Cochinos- y a
que ni la Casa Blanca ni la Junta de Jefes de Estado Mayor pueden revisar
detalladamente los planes operativos, el gobierno estadounidense modificó
los procedimientos para la conducción de las intervenciones. Cuando los
planificadores tienen un plan y las fuerzas capaces de ejecutarlo, un
equipo independiente con experiencia en operaciones especiales de USSOCOM
se encarga de revisarlo y verifica los entrenamientos sobre el campo.
Elabora un reporte para la Casa Blanca y la Junta de Jefes de Estado Mayor.
Una vez que la operación se encuentra en marcha, la intervención del
presidente se reduce al mínimo. 



Dentro de la doctrina de contrainsurgencia, las operaciones psicológicas
pueden apreciarse en los siguientes párrafos de Claude Strurgill:5 "En los
casos de insurgencia en América Latina, las actividades psicológicas pueden
reforzar nuestro apoyo a gobiernos locales, creando una atmósfera de
inseguridad que muestre los grandes riesgos y el alto costo de las
operaciones insurgentes. Como ha sido escrito en la Revue d' Information
Militaire: 'Por definición, las operaciones psicológicas juegan un rol
clave en el incremento de la moral de nuestros aliados y en la destrucción
de la moral del enemigo y sus fuerzas de apoyo" (U.S., Defense Logistics
Agency, 1983)". Agrega que "las guerras de baja intensidad reclaman tomar
todas las ventajas psicológicas posibles y que no debe perderse de vista 
la importancia de entender la mentalidad latinoamericana. Ella es un
acoplamiento de fatalismo y preocupación por el heroísmo y la muerte.
Nosotros debemos aprender a entender esa filosofía, tan diferente a la de
Estados Unidos. Tal vez en el año 2000, observaremos a esos revolucionarios
comunistas como miramos a nuestros indios hace un siglo. No hay duda que el
dicho de una cultura amplia, aquí en Estados Unidos, puede bien ser: El
único buen insurrecto, es el insurrecto muerto.6





Este trabajo es un extracto de una nota de Francisco Pineda aparecida en la
revista Chiapas Nº 2. www.ezln.org/revistachiapas

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